En mi fin está mi principio

Olafur Eliasson: Addis compass (2016)

Para poder ser quien aún no eres
debes seguir el sendero en que no estás.
Y sólo sabes lo que ignoras
y lo que no tienes es lo que tienes
y estás donde no estás.

El 17 de agosto del año 2006 publiqué la primera entrada de este blog. Un mes antes había terminado la carrera y encont este lugar para escribir sobre aquellos temas que me interesaran, creando un cuaderno personal y público a la vez donde comunicar noticias, apuntes e inquietudes. De algún modo, quería seguir descubriendo y aprendiendo.

Con el tiempo fue transformándose, ampliándose, mudando de aspecto... cambiando como la propia vida. Paralelamente fueron surgiendo otros espacios y ocasiones dónde escribir. Ahora, diez años después de su creación y con 180 entradas publicadas, me pareció apropiado darle término, con el deseo de que todo lo anotado quedara como testimonio de este proyecto compartido.

En varios textos anteriores traté el tema de los comienzos, un asunto recurrente en el oficio de arquitecto que siempre he considerado muy atractivo. Y, aunque pueden suceder muchos comienzos que no tengan un final, no existe un final sin un comienzo: ambos están irremediablemente ligados. Hace poco, en la defensa de una tesis que recuerdo con especial cariño, el ahora doctor recordó unos versos de T. S. Eliot que me ofrecieron una buena manera de terminar este recorrido, iniciado hace una década con otras palabras prestadas.

Lo que llamamos el principio es a menudo el fin
Y llegar al final es llegar al comienzo.
El fin es el lugar del que partimos.

T. S. Eliot, «Little Gidding», en Cuatro Cuartetos (1942)

Asuntos en Serie IV


Entre las últimas entradas, muy pocas se han dedicado a cine, literatura o viajes, algunos de los temas que aparecían con frecuencia en los inicios del blog, junto a otros como música o aquellos dedicados a producciones para televisión, titulados en conjunto «Asuntos en Serie». Quizá sea interesante recuperarlos a lo largo de esta recta final.

Esta semana se estrenó la segunda temporada de El Ministerio del Tiempo, serie creada el año pasado por Pablo y Javier Olivares y que me ha devuelto un interés por la ficción española que no tenía desde Crematorio, aquella excelente adaptación de la novela de Chirbes realizada en 2011 por Jorge Sánchez-Cabezudo (curiosamente, ambas series tienen una importante relación con el mundo de la arquitectura).

El regreso se produjo con el capítulo «Tiempo de Leyenda», cuya trama no desvelaré, más allá de que gira en torno a la dialéctica que se produce entre historia y leyenda en uno de los personajes más significativos de nuestro pasado. Me ha interesado especialmente porque es una de las cuestiones presentes en el oficio de historiador, cuándo se debe analizar y valorar críticamente qué es lo real, lo documentado de modo científico frente a lo que se corresponde con un «relato basado en un hecho o personajes reales, deformado o magnificado por la fantasía o la admiración», tomando la definición del diccionario de la R.A.E. que, en la acepción de su sinónimo mito nos lo sitúa como aquella narración «que está fuera del tiempo histórico».

Los agentes del Ministerio, impulsados por la búsqueda del rigor histórico, llegan a una situación inesperada: plantearse la necesidad del mito, de la leyenda, por encima de la veracidad de los hechos —en ocasiones inexactos, incómodos o irrelevantes—. Karl Schögel afirmó que «los historiadores tenemos que demostrar cada proceso, cada acontecimiento, cada atmósfera, a partir de fuentes, tenemos que contar con fuentes, o como lo ha dicho Reinhart Koselleck, tenemos que tener un derecho a veto en todo», mientras que Joseph Campbell, uno de los referentes en los estudios de mitología, alertó sobre la dificultad de la fidelidad a la verdad, ya que «sólo se puede describir verídicamente a un ser humano describiendo sus imperfecciones». Así, el mito se convierte en una búsqueda de las potencialidades humanas, poniendo de manifiesto su necesidad e incluso su poder.

Al final, junto al ineludible escepticismo científico, aparece el mythos —la palabra, la historia—, y la legenda —lo que ha de ser leído— como hábiles herramientas de aproximación, de descubrimiento, de reflexión y —¿por qué no?— también de inspiración.

Imagen: El claustro con el pozo, parte de la mitología de El Ministerio del Tiempo

La estrella negra


Había comenzado a escuchar Blackstar hace unos días, poco antes de que llegara la noticia del fallecimiento de su autor. Desde entonces he estado recordando otros discos, otras canciones anteriores, y los momentos que los acompañaron. Esos momentos en que una melodía servía para generar una atmósfera, a veces tan lejana.

La música de Bowie tiene esa cualidad: un acorde, una frase, nos trasladan a lugares distantes. Lugares grabados también en nuestra vida, al descubrirlos y explorarlos cada cierto tiempo. Cuando hacía las primeras prácticas en un estudio, oíamos marchar al Mayor Tom casi todos los días, por un momento las líneas de la pantalla se desvanecían en el cielo y entonábamos su comunicación con la base de manera inconsciente. Varios años atrás, las horas sobre la mesa de dibujo se entremezclaban con las Hours... de Bowie y los CDs sonaban en bucle durante toda la noche: Heathen, Hours..., Earthling, Outside... a veces hasta Black Tie White Noise.

Cada uno de principio a fin, con sus altos y bajos, con sus historias. En algún caso, como en el «drama gótico no-lineal» de Outside, aparecía una narración completa, una banda sonora para una película imaginaria, lo que reforzaba su poder como constructor de ambientes, de espacios; «Stomping along on this big Philip Johnson»; «Looking across at Richard Rogers»... qué próximos estaban esos ojos de arquitecto. Así también quedarían grabados el trágico final de Seven y aquellas lecciones sucias del corazón tomadas también de Outside, Christiane y los chicos de la estación del Zoo de Berlín convertidos en héroes por un día o el perturbador recorrido por aquella carretera perdida interminable. Lynch ya había convertido a Bowie en el misterioso agente Phillip Jeffries para su primer regreso a Twin Peaks. «Funny how secrets travel...» puede ser una frase compartida por ambos David.

Recojo estas notas —y las todavía pendientes—, y pienso que de pocos creadores podría recordar tantas cosas. Dicen que esta Estrella Negra es un testamento musical y vital. También dicen que al escucharlo ahora, después de su muerte, cambia completamente. Es algo propio de las estrellas, algunas noches brillan de forma diferente.

Imagen: Fragmento del vídeo de Blackstar

El cuaderno rojo


Cuando un año termina, lo habitual es recordar aquellas cosas que se alejan de lo ordinario, aunque son precisamente esos pequeños momentos del día a día, los más personales, los más cercanos, los que marcarán las diferencias relevantes frente a otros años. Si Perec, en su bello libro Lo infraordinario, reclamaba la atención sobre estos últimos, otro gran autor, Auster, enlaza unos y otros de manera magistral en su  cuaderno rojo, demostrando cómo los instantes cotidianos se pueden transformar en acontecimientos maravillosos e inesperados.

A través de breves relatos, supuestamente reales y tomados a partir de varios encuentros a lo largo de su vida, Auster revela la importancia que el azar, la casualidad o la coincidencia tienen al lado de la experiencia diaria, y ambos mundos quedan recogidos en las hojas del cuaderno, conformando, al igual que lo hará la libreta roja de Quinn en La ciudad de cristal, una historia real y extraordinaria al mismo tiempo.

Entre las páginas de El cuaderno rojo, —uno de los libros que guardo con más aprecio—, encontramos un personaje que busca una obra durante años —quizá su propio cuaderno, inencontrable en librerías y bibliotecas, hasta que una tarde, paseando, observa a una joven que lo está leyendo:

«—Lo crea o no —le dijo a la joven—, he buscado ese libro por todas partes.
—Es estupendo —respondió la joven—. Acabo de terminar de leerlo.
—¿Sabe dónde podría encontrar otro ejemplar? —preguntó R.—. No puedo decirle cuánto significaría para mí.
—Éste es suyo —respondió la mujer.
—Pero es suyo —dijo R.
—Era mío —dijo la mujer—, pero ya lo he acabado. He venido hoy aquí para dárselo.»

Otro año más, muchas gracias por vuestra compañía y que el 2016 sea extraordinario.

El gran mural de Labra

 Daniel y Gabriel, hijos de Labra, junto al gran mural (Fotografía cedida por Daniel de Labra)

El número 22 de la revista Cátedra, recientemente publicado, incluye el artículo «El gran mural de José María de Labra en la central del Eume», realizado en colaboración con Silvia Blanco, un trabajo de investigación sobre uno de los ejemplos más singulares de integración de las artes en la arquitectura española del siglo veinte.

Quien recorra el entorno de las Fragas del Eume, en A Coruña, no dejará de maravillarse por la riqueza paisajística y el abundante patrimonio existente, tanto natural como construido por el hombre, pues estos bosques se han convertido en un mundo en sí mismo, lleno de caminos y lugares por descubrir en su interior.

Y, posiblemente, nunca imaginaríamos que estas fragas albergan también una de las obras más singulares del arte moderno, preservada en el interior de un edificio industrial destinado a convertir el caudal del río en energía eléctrica. Se trata del gran mural que José María de Labra realizó para ese emplazamiento específico en el año 1960, coincidiendo con la inauguración de la central.

Una obra que tiene un significado especial, tanto para la trayectoria de su autor como para la historia del arte español y que, hasta el momento, no había sido estudiada en profundidad. Una obra que se convertirá además en paradigma de la integración de las artes, en un claro dentro del bosque que ilumina el panorama creativo de su tiempo, aun permaneciendo apartado y distante.

Una casa europea

Detalle de la fachada de la casa Arambillet

En el número 8 de la revista Joyas de Galicia se incluye el artículo «Arambillet: una casa europea», sobre el edificio modernista en la plaza de Lugo número 13 de A Coruña. A comienzos del siglo veinte, mientras la ciudad se renueva en su forma urbana, también lo hace en la imagen de su edilicia, incorporándose a las corrientes europeas que conviven con el eclecticismo tardío y el Art Nouveau, en un ambiente de libertad creativa que no duda en generar una estética vanguardista rompiendo con lo establecido, tanto en las artes mayores como en las artes aplicadas o decorativas. Un movimiento que transforma las fachadas y se introduce en el interior de las casas, renovando los objetos empleados en la vida cotidiana: muebles, joyas, cerámica, lámparas... Reproduzco aquí la primera parte del texto:

Es frecuente que los mejores resultados en arquitectura se deban a la conjunción de un buen cliente con un buen arquitecto. La casa en la plaza de Lugo número trece tuvo la suerte de contar con los dos factores: la oportuna decisión de la familia Arambillet de contratar a los profesionales más destacados del momento y la complicidad de los arquitectos a la hora de abordar el encargo.Decimos profesionales —en plural— porque la familia encarga dos proyectos para la parcela: El primero, en el año 1904, a Julio Galán Carvajal y el segundo, en 1912, a Antonio López Hernández, que es el que finalmente se materializa. Estamos hablando de dos arquitectos paradigmáticos del modernismo en A Coruña, dónde son capaces de dotarlo de un valor propio y específico.
La casa Arambillet se sitúa un una manzana del primer ensanche de la ciudad, el situado sobre el antiguo Campo de Carballo. El programa es el habitual en un edificio residencial de la época: la planta baja se destina a negocio con almacén, colocando por encima una vivienda en cada planta. López Hernández apenas dedica unas líneas en el proyecto a hablar de la fachada hacia la calle, donde mejor se manifiesta la novedad y la radicalidad de su planteamiento.

Matrioska visual


Estos días hemos participado en la Photography & Modern Architecture International Conference celebrada en Oporto, con el trabajo «Visualizing Portugal: Pedro Cid´s Pavilion at 1958 Brussels World’s Fair through photography», un análisis de la importancia de la fotografía como herramienta para proyectar un país hacia el exterior, tomando como ejemplo las imágenes del pabellón portugués en la Expo 58 realizadas por los hermanos Nováis.

Al estudiar las fotografías del montaje interior, en concreto en aquellas referentes a la zona dedicada a los trabajadores del mar, nos encontramos con una estructura metálica que, como una red de pesca, recoge una serie de imágenes en blanco y negro despertando la atención del visitante. ¿A quién podrían pertenecer esas imágenes que interesaron también al fotógrafo del pabellón? Fotografías dentro de fotografías como una matrioska visual que contribuyen a reforzar y completar esa imagen de país proyectada hacia el exterior.

La investigación nos condujo hasta el fotógrafo Artur Pastor y, gracias a la colaboración de su hijo, pudimos confirmar la autoría de las imágenes. Artur Pastor (Alter do Chão, 1922 - Lisboa, 1999) contaba con 36 años cuando recibe el encargo de colaborar en el pabellón de Bruselas. Se había formado como Regente Agrícola en Évora y había comenzado a realizar fotografías de un modo autodidacta a partir de los veinte años, especialmente sobre temas agrícolas y pesqueros que le interesarán durante toda su vida. Desde los años cincuenta la Dirección General de Servicios Agrícolas le asigna la función de fotógrafo, desarrollando reportajes en diversas zonas del país.

Enseguida, su trabajo se ve reconocido más allá del valor documental por su talento y sensibilidad al retratar lo cotidiano: la tierra y sus habitantes, que se inmortalizan en acciones cotidianas, a los que el fotógrafo les otorga grandeza y dignidad. La calidad de las imágenes obtiene la admiración del gobierno, que le invita en el año 1953 a participar en la Exposición de Turismo Nacional celebrada en el Palacio Foz de Lisboa, donde aparecen sus arrebatadoras fotografías tomadas en diversos lugares del país.

La fotografía de Pastor, tanto en las imágenes sobre temas pesqueros mostradas en Bruselas como en otras temáticas posee un gran valor no sólo en el aspecto documental de Portugal y sus gentes, si no en su propia calidad artística, que nos aproxima de una manera personal, próxima y sincera a la vida cotidiana y a los paisajes culturales que le dan sentido. Entre ellos, dedica una especial atención al patrimonio construido, desarrollando un amplio levantamiento fotográfico para la mítica obra Arquitectura Popular em Portugal editada en 1961 por el Sindicato Nacional dos Arquitectos.

La presencia de Pastor en el pabellón de Bruselas introduce un interesante aporte a la manera de visualizar Portugal: un acercamiento noble y veraz a las personas, que contrasta con la visión prístina y preciosa de Nováis. Como en las fotografías, el país es la moderna y precisa arquitectura de Pedro Cid, pero también es el paisaje y el paisanaje retratado por Pastor, y ambas visiones confluyen y se integran en la muestra con armonía y naturalidad, como en la propia tierra.

Utopía industrial


A principios de los años sesenta, Jesús de la Sota Martínez (1924-1980) recibió por parte de su hermano Alejandro el encargo de amueblar el edificio del Gobierno Civil de Tarragona, una de las aportaciones más originales a la arquitectura española del siglo XX. El resultado fueron sillas y mesas vanguardistas, con un acabado industrial que no admitía rastros de manualidad. Consciente de la facilidad de la reproducción en serie de sus prototipos, Jesús de la Sota se lanzó a una aventura empresarial que no fue del todo comprendida en su momento, y que tenía como objetivo dar respuesta a la imposibilidad de encontrar piezas que se ajustaran a las demandas de la arquitectura moderna.

Este interés por los procesos industriales, y su posible aplicación al diseño de mobiliario e interiores, cristalizó en la creación de una sociedad con José Ramón Cores Uría que surtió de muebles, lámparas y otros objetos a aquellos sectores de la sociedad madrileña más permeables a unas propuestas que estaban conectadas con el espíritu de la Bauhaus. La imagen del local donde se pusieron a la venta dichas propuestas era una verdadera declaración de intenciones: amplios planos blancos que resaltaban aún más el rigor geométrico, la unidad y la búsqueda de lo esencial. En este sentido, la experiencia en el diseño de mobiliario de Jesús de la Sota constituye un caso singular y atípico dentro del panorama español: su respuesta a las dinámicas del mercado y de la producción en serie pone de manifiesto los problemas a los que se enfrentó la arquitectura moderna del momento, pero también la habilidad y el oficio con el que se supieron resolver. Sin embargo, y a pesar de todos los esfuerzos, la empresa –concebida como un proyecto integral de interiorismo– no tuvo el éxito esperado, en parte, por resultar demasiado adelantada para la España de la época, frustrando la posibilidad de una producción continua y generalizada de su trabajo en el campo del diseño industrial. En 1974 se dio por clausurada la experiencia y Jesús de la Sota se refugió en la pintura, trasladando sus esquemas anteriores a la fotografía, al dibujo y a los óleos, a los que se entregó con pasión hasta 1980, año en el que falleció en Berlín.

Pero lo más singular es que este innovador, heterodoxo y transgresor creador, que sorprendía con sus monumentos a la solidez y a la simplicidad, era un hombre angustiado por alcanzar la perfección, para lo que no dudó en idear alianzas interdisciplinares y en formar a un equipo de operarios que pudiese materializar sus proyectos, los cuales aunaban arquitectura, interiorismo, industria y fabricación en serie. Ahí radica su utopía, así como los fundamentos que explican el hecho de que sus piezas de mobiliario hayan podido resistir tan magníficamente el paso del tiempo.

[Resumen del trabajo realizado con Silvia Blanco y presentado en el II Seminario Internacional sobre Patrimonio de la Arquitectura y la Industria, celebrado recientemente en Madrid]

Escenografía industrial


«cual la obra sin cimientos de esta fantasía, las torres con sus nubes, los regios palacios,
los templos solemnes, el inmenso mundo y cuantos lo hereden, todo se disipará
e, igual que se ha esfumado mi etérea función, no quedará ni polvo» 

WILLIAM SHAKESPEARE: La tempestad. Acto IV, escena primera (1611)

En las recientes jornadas de INCUNA, celebradas en Gijón y dedicadas en esta ocasión a los espacios industriales abandonados, hemos expuesto dos trabajos que tienen en común la exploración de las relaciones entre arquitectura y escenografía, un tema que adquiere un significado especial cuando se trata de construcciones industriales que han perdido su función original. Ambos fueron realizados junto a Silvia Blanco y además, en el segundo, contamos con la colaboración de David Harlan, director del Moscow Art Theatre (Moscow, Idaho) y principal artífice de la propuesta que presentamos.

La fábrica como escenografía: la puesta en escena del patrimonio industrial


Ver imágenes de la presentación

Desde aspectos cruciales como la sugerente entrada de luz fabril, hasta el valor del silencio, pasando por la desproporción existente entre el material empleado y el efecto producido, es necesario destacar las prestaciones más importantes de los espacios industriales abandonados. Estos ambientes, tan diferentes a lo cotidiano, constituyen en la actualidad auténticas escenografías que pueden ser potenciadas en los nuevos usos, además de servir de inspiración para el arte contemporáneo en disciplinas tan diversas como el cine, la fotografía, el teatro o la ópera. En la rehabilitación del patrimonio industrial se puede establecer una relación directa entre el término mise-en-scène y las herramientas principales de diseño. No podemos olvidar que los volúmenes, su materialidad y su escala convierten los vacíos urbanos y los restos de instalaciones e infraestructuras en un gran escenario sobre el que poder trabajar. Por esa razón, el análisis de varios proyectos, realizaciones y propuestas en este ámbito nos permitirán extraer unas conclusiones válidas para el mejor aprovechamiento y la regeneración adecuada de estos magníficos testimonios de la industrialización.

La tempestad en el silo: reutilización de un almacén de grano para representaciones teatrales


Ver imágenes de la presentación

Elementos fundamentales del patrimonio industrial agroalimentario, los silos y almacenes de grano se han convertido en hitos del paisaje reconocibles con mínimas diferencias en diversos lugares del mundo. En la actualidad, la pérdida de su función original conduce al planteamiento de nuevos usos, dónde encontramos actuaciones de alto coste que modifican notablemente las estructuras frente a otras que, con pocos medios, consiguen dotar a los silos de una nueva vida. Un ejemplo de reutilización económica de estos espacios lo constituye el Moscow Art Theatre, que ha empleado para varias representaciones un almacén de grano situado en la localidad de Moscow (Idaho, Estados Unidos). Liberado de su uso original y en proyecto de derribo, el silo fue el lugar escogido por David Harlan, director de la compañía, para plantear un singular espacio artístico. El equipo se tuvo que enfrentar a problemas de funcionalidad, como la ubicación de los camerinos y los aseos, y a unas difíciles condiciones de acondicionamiento acústico. El 20 de agosto de 2011 se celebró la primera representación dentro del silo. La obra escogida fue La tempestad, de William Shakespeare.

Imagen: Silo 41. Moscow Art Theatre

Piezas


¿Qué tienen en común Jesús de la Sota y Eduardo Chillida? ¿Y José Luis Sánchez y Manuel Suárez Molezún? La respuesta a estas preguntas se revela complicada, salvo que uno conozca de antemano el dato que los aproxima: todos ellos fueron colaboradores indispensables en dos célebres pabellones españoles, el diseñado por José Antonio Corrales y Ramón Vázquez Molezún para Bruselas (1958) y el proyectado por Javier Carvajal para Nueva York (1964).

Si a los cuatro personajes anteriores añadimos otros cinco más –Francisco Farreras, Amadeo Gabino, Joaquín Vaquero Turcios, José María de Labra y Jorge Oteiza–, la  tarea de establecer paralelismos entre las distintas biografías se vuelve todavía más compleja, dado que no todos comparten idéntica valoración, relevancia y reconocimiento, tanto a nivel nacional como internacional. De nuevo, nos encontramos ante el elemento común y fundamental: su participación en la creación de notables realizaciones que actuaron como imagen del país en exposiciones de gran envergadura. Tanto en Bruselas como Nueva York, los dos pabellones se entendieron como ejemplos de la recuperación moderna que se estaba llevando a cabo en la arquitectura española, pero al mismo tiempo se convirtieron en paradigmas, no sólo por el trabajo en todas las escalas del proyecto, sino también por la integración de las artes, pues la labor de los arquitectos se acompañaba de un importante equipo de creadores que contribuían a generar una «obra total», desde el diseño del ambiente hasta la implantación urbana. Destacados artistas del momento, junto a nombres más desconocidos como Jesús de la Sota –hermano del arquitecto Alejandro de la Sota–, conformaron un equipo ejecutivo que, trabajando en estrecha colaboración con Carvajal, Corrales y Molezún, se encargaron del montaje expositivo y de sublimar el espacio, haciendo de los pabellones auténticos experimentos espaciales de la modernidad.
 
El IX Congreso Internacional Historia de la Arquitectura Moderna Española, celebrado en la Escuela de Arquitectura de Navarra, llevó por título «La Arquitectura Española y las Exposiciones Internacionales (1925-1975)». Junto a Silvia Blanco y bajo el título «De piezas pequeñas hicieron arquitectura. Diseño e integración de las artes en los pabellones españoles de las Exposiciones Universales de 1958 y 1964», analizamos la vertiente más desconocida de dos pabellones concretos, planteando una reflexión sobre la evolución en la trayectoria de sus participantes, muchos de los cuales trasladaron a la arquitectura efímera de las exposiciones las indagaciones que estaban realizando al mismo tiempo en España. 

Los pabellones de Nueva York y Bruselas se convirtieron en eventos especialmente relevantes en la historia de la arquitectura moderna española. Su trascendencia radica no sólo en la importancia de las obras artísticas, sino también en los efectos que se derivaron de su incorporación a la escala edificatoria. El binomio arte-arquitectura contribuye a generar la identidad del pabellón, desde el diseño gráfico o del mobiliario hasta la presencia urbana. Los autores, respetuosos y discretos, resolvieron los problemas desde una óptica común: escultor-diseñador-arquitecto, poniendo en evidencia cómo, a través de mínimas intervenciones, de pequeñas piezas, se puede transformar toda la realidad.

Imagen: Francisco Farreras nos facilitó una imagen de su mural en el restaurante del pabellón español de 1964.

En la sombra


Finaliza el año identificado como el centenario de los maestros de la arquitectura española, al cumplirse un siglo del nacimiento de importantes nombres cuyo legado ha sido ampliamente reconocido como aportaciones fundamentales para el asentamiento y desarrollo de nuestra modernidad arquitectónica.

Sin embargo, no fueron los únicos que se ocuparon de esa tarea. A su lado, haciendo la historia de modo colectivo, nos encontramos con otros autores que, con sus pequeñas y grandes aportaciones, lograron cambiar el cariz total del mundo, trabajando como una generación a la manera orteguiana.

Frente a los nombres recordados —en 2014 será José Luis Fernández del Amo, otro de los grandes maestros—, aparecen —o, más bien, desaparecen— otros muchos nombres. Un viejo amigo empleó el término de maestros «en la sombra». Una definición que me parece muy apropiada por todas las connotaciones que puede tener esa sombra —y más todavía en arquitectura—. Nombres oscurecidos o desvanecidos en la historia, nombres eclipsados por otros nombres, incluso nombres enmudecidos por voluntad propia. Todos ellos forman parte de la historia y todos, de alguna manera, construyeron la historia. 

Recientemente se ha publicado el libro Maestros en la sombra, fruto de una serie de conferencias organizadas por la Fundación Amigos del Museo del Prado dedicadas a maestros de la pintura olvidados o ignorados por diversas razones. La luz que arrojan los distintos ensayos sobre su obra y pensamiento permite, no sólo descubrir la importancia de su recorrido personal sino entenderlo como parte de un conjunto, de un trabajo colectivo heterogéneo e integrador.

Trasladando esta idea a la arquitectura, resulta admirable iluminar las trayectorias de nuestros maestros al margen porque, como advierte Miguel Zugaza en la introducción del libro: «Pocos fulgores resultan tan brillantes como los que surgen de las sombras».

Imagen: La oscuridad de La huida a Egipto (1609) por uno de los maestros «en la sombra», Adam Elsheimer.

Dónde

 

A lo largo de esta semana han coincidido la finalización del curso de Introducción a la Arquitectura, el inicio de una etapa de trabajo de investigación —que me alejará de aquí unas semanas— y una nueva participación en el Master de Arquitectura del Paisaje de la Fundación Juana de Vega, dentro de la asignatura Paisaje Cultural.

Unos meses antes, preparando la página de esa asignatura opté, en esta edición, por presentarla con una fotografía de Robert Adams, perteneciente a la serie «Escuchando al río», con la sorpresa de encontrarme, poco antes del comienzo de las clases, con la inauguración de la exposición del mismo autor en el Museo Reina Sofía, titulada convenientemente El lugar donde vivimos.

A través de su mirada sobre los lugares vividos del oeste americano, nos descubre auténticos paisajes culturales de nuestro tiempo, dónde el ambiente cotidiano —el supermercado, el quiosco, la gasolinera...— convive con duras transformaciones sobre la naturaleza y el territorio. Paisajes analizados de modo magistral por el filósofo —contemporáneo  de Adams— Edward S. Casey:

Aunque retiremos añadidos culturales o lingüísticos, nunca encontraremos, debajo, un lugar puro y aún menos un Espacio o Tiempo puro. Lo que encontraremos son calificaciones continuas y cambiantes sobre los lugares particulares: lugares calificados por sus propios contenidos y calificados por las distintas maneras en que estos contenidos son articulados (indicados, descritos, discutidos, narrados, etc...) en una cultura determinada.

Descifrar y analizar la huella de esa cultura en nuestros paisajes autóctonos, sobre todo en aquellos que se han convertido en lugares de oportunidad, como sucede con los paisajes industriales en desuso, se convierte en una actividad atractiva y necesaria para hacer de esos paisajes patrimonio y proyectarlos hacia el futuro. Así lo hace Adams con su cámara y así lo hacen otras interesantes miradas próximas sobre nuestro territorio, desvelando con maestría su identidad y su memoria.

El catálogo de la exposición lleva el sugerente título de ¿En qué creer y dónde?. Siguiendo la clave proporcionada por el poeta Theodore Roethke: «Veo lo que creo», Adams se pregunta: «¿Qué es lo que nuestra geografía nos lleva a creer? ¿En qué nos permite creer?» y, sobre todo, «¿Qué obligaciones, si las hay, se derivan de nuestras creencias?». Para responderlas se hace necesario, como punto de partida, descubrir y recorrer ese «dónde». 

Imagen: Robert Adams, Pikes Peak, Colorado Springs, Colorado (1969)

Conexiones


Cuando relata la contemplación de las estatuas de Federico Guillermo III y la reina Luisa en el Tiergarten berlinés durante su infancia, Walter Benjamin afirma: «Yo no me dirigía a los monarcas, sino a sus pedestales, dado que las cosas que ahí sucedían se encontraban más cerca en el espacio, aunque su conexión fuera imprecisa». En otro texto reitera la idea de observación certera y próxima en contraste con una mirada distante y general

¿Habéis oído mencionar alguna vez la Exposición Universal de París, de la que se habló en toda Europa en el año 1900? En todas las postales que se hicieron por aquel entonces con motivo de la Exposición se veía, al fondo de la ciudad de París, una gran noria mecánica con dieciséis cabinas con bisagras móviles. Esta noria giraba lentamente, la gente iba situada en las cabinas y contemplaba a sus pies la ciudad, el Sena y la Exposición hasta que se mareaban debido al doble movimiento, la oscilación de las cabinas en las bisagras y el giro de la gran noria. 

Escoger un objeto inmediato y profundizar en su análisis ofrece una serie de ventajas al observador: Le permiten desarrollar un modo de estudio, concentrar las experiencias, aprovechar mejor los recursos y las herramientas. Michel Foucault, en su libro Las palabras y las cosas —que comienza con el múltiple juego de miradas ofrecido por Las Meninasse detiene en las fracturas y las discontinuidades como método para una arqueología del saber visual. Son los vacíos, los intersticios, los que permiten establecer diálogos y discursos:

Quizá porque entre sus surcos nació la sospecha de que hay un desorden peor que el de lo incongruente y el acercamiento de lo que no se conviene; sería el desorden que hace centellear los fragmentos de un gran número de posibles órdenes en la dimensión, sin ley ni geometría, de lo heteróclito; y es necesario entender este término lo más cerca de su etimología: las cosas están ahí «acostadas», «puestas», «dispuestas» en sitios a tal punto diferentes que es imposible encontrarles un lugar de acogimiento, definir más allá de unas y de otras un lugar común.

Foucault propone trasladar el conocimiento al soporte inmediato, al «pedestal». No sólo serán los objetos aislados, sino las múltiples y variadas conexiones que se establezcan entre ellos, las que permitan dar el salto de lo local a lo universal. Conexiones, enlaces e hipervínculos que nos permitan construir y alcanzar el conocimiento.

Que el año que comienza nos ofrezca nuevos encuentros.

Imagen: Pedestal de la estatua de Federico Guillermo III en Berlín (Flickr)

Bajo un manto azul cerúleo


Hoy se ha publicado en el blog de arquitectura Veredes el artículo «Hemisferio», la primera colaboración para este interesante lugar virtual de información y encuentro. Para mí, esta serie de colaboraciones, paralelas a un curso académico, resulta una experiencia magnífica porque conlleva, por un lado, mantener una dinámica a la hora de escribir —con lo que supone en cuanto a reto y a constancia— y, al mismo tiempo, generar una secuencia de textos enlazados cuya relación permanezca inicialmente velada, a la espera de ser descubierta... como tantas historias aisladas que, una vez reunidas, cuentan otra nueva.

«Hemisferio» relata un breve viaje en dos direcciones... hacia la arquitectura y hacia la historia, para después confluir en un sólo camino, como sucede también en varios de los textos que componen este blog. Agradezco a Veredes todo el esfuerzo realizado en avivar el conocimiento y su difusión en todo lo relacionado con la arquitectura y, sobre todo, descubrir y compartir proyectos, apuntes, reflexiones personales... que, de otra manera, permanecerían ocultos.

Imagen: Paul Cesar Helleu, Detalle del retrato de una joven (1920)

Aniversario


Tal día como hoy, en el año 2006, iniciaba este blog recogiendo un texto de Olafur Eliasson, dónde reflexionaba sobre la intencionalidad y el movimiento en la sociedad contemporánea: «Todo está inmerso en un proceso, todo se mueve, a mayor o menor velocidad, y todo está teñido de intencionalidad».

Ese año finalicé los estudios de arquitectura con un proyecto de museo de arte contemporáneo. Cuando lo estaba terminando, tuve la suerte de encontrarme con una pequeña instalación en el Centro Galego de Arte Contemporánea que ayudó a definir o, más bien, a concretar la precisa indefinición que buscaba. Su autora era entonces estudiante en la Facultad de Bellas Artes de Pontevedra, y me facilitó atentamente su trabajo para incorporarlo como parte de la memoria del proyecto.

Han pasado seis años y 125 entradas. Un tiempo en el que este blog ha ido creciendo, transformándose y, poco a poco, encontrando su propio camino. Aquel proyecto cerraba un periodo y abría otro nuevo dónde se volvía tan importante —o quizá más— seguir reflexionando y aprendiendo día a día. Aquella prometedora alumna también ha ido creciendo; ha seguido trabajando en la difícil y apasionante tarea de unir creación e investigación y, hace pocos días, defendió su Tesis Doctoral con un magnífico resultado.

Al leerla he descubierto la importancia del movimiento en la creación contemporánea: «Las cosas se mueven escribe la ya doctora Basta una mirada alrededor para ver cómo todo está en continuo movimiento: las nubes se desplazan, las hojas se dejan caer de los árboles, el viento hace ondear la ropa tendida, los peces recorren en sucesivos círculos su pecera... y nosotros mismos también nos movemos».

También nos movemos año tras año creando y escribiendo. Para celebrar el aniversario del blog quería recordar ese inicio. Mirar hacia atrás para saber cuánto hemos caminado. Pensar hasta dónde queremos llegar y, sobre todo, agradecer que no sea un camino solitario. Sumar al agradecimiento de hace seis años la felicitación por haber obtenido ahora el título de doctora y compartir la ilusión por los proyectos futuros.

Hace poco encontré otro texto de Eliasson titulado precisamente Tu movimiento sentido. Un fragmento dice: «Cuando veo a alguien danzar, danzo con él dibujando los contornos de un espacio. Mirar el movimiento es sentir el tiempo, experimentar la duración». Y finaliza con el mejor deseo para un aniversario: «No pares».

La elaborada imagen que ilustra esta entrada se explica perfectamente aquí.

Cuaderno de Nueva York VI


En el libro Grandes Calles, Allan B. Jacobs dedica la segunda parte a recopilar una serie de «calles que enseñan». Entre ellas figura la Quinta Avenida, a la altura de Central Park. Jacobs apunta que «Tanto el parque como la calle parecen de fácil acceso».

En torno a la Quinta Avenida aparecen varios de los principales museos de Nueva York. Algunos se ubican en antiguos edificios residenciales. Otros destacan entre el caserío, como el MET o el Guggenheim. Mientras que otros se descubren en las inmediaciones, como el Whitney o el MoMA.

Recorrer los museos neoyorkinos continúa la experiencia de recorrer sus avenidas. La afluencia de público o la cantidad de obras a las que se puede acceder convierten un paseo por sus salas en una experiencia agridulce, dónde se combina la fatiga con la sorpresa.

Amplificado y domesticado por Yoshio Taniguchi, el MoMA se ha transformado en un «supermercado de dos velocidades, una para los ricos, con restaurante francés, y la otra para la multitud, con cafetería» —en palabras de Marc Fumaroli—, sin renegar su vocación primera de celoso templo del arte. Centenares de fieles se elevan ávidos en una escalera mecánica mientras Christina aguarda paciente en su lienzo.

La vida de la calle se ha trasladado a los museos. En la ciudad que bautizó y canonizó al arte moderno —volviendo a Fumaroli— son extensiones de la trama urbana, con su historia, sus hitos y sus imágenes. Y, siguiendo el juego, las calles, las grandes calles, se han convertido en museos.

Cuaderno de Nueva York I


El viaje a una ciudad desconocida siempre es una experiencia fascinante. Más aún si se trata de un destino perseguido desde hace tiempo, cuya visita se convierte en una ansíada meta y, al mismo tiempo, en el comienzo de nuevas reflexiones y viajes en el espacio y el tiempo, que amplían y rememoran la propia experiencia.

Estos días he podido recorrer la ciudad de Nueva York, «capital de las imágenes contemporáneas» y domicilio recurrente del pensamiento moderno, participando del diálogo establecido entre urbe y ambiente cultural, ya refrendado por numerosos autores. Quiero trasladar aquí algunos de los fragmentos del cuaderno de viaje, comenzando por las lecturas que me acompañaron, antes y durante la travesía, con un pequeño texto de cada una:

«Nueva York no es una ciudad concluida... Es una ciudad en devenir. Pertenece hoy al mundo. Sin que nadie lo esperara, se ha transformado en el florón de la corona de las ciudades universales, en que están las ciudades muertas de que sólo quedan los recuerdos y las fundaciones y cuya evocación es estimulante; en que están las ciudades vivientes que padecen a causa del molde angosto de las civilizaciones pasadas»

«La ciudad es permanente; no hay razón alguna para que los edificios tengan que ser reemplazados. La misteriosa calma de sus exteriores queda garantizada por la "gran lobotomía". Pero dentro, donde el "cisma vertical" da cabida a cualquier posible cambio, la vida está en un constante estado de frenesí. Manhattan es ahora una tranquila llanura metropolitana marcada por los universos autosuficientes de las "montañas", y en la que el concepto de lo real, ya superado, se ha dejado atrás definitivamente»

Kenneth Frampton, Nueva York. Capital del siglo XX (2004)
«El tour de force tecnológico [en la Estación Central] sería igualado en grandeza por la constelación del Zodíaco, pintada sobre la vasta superficie del techo por Paul Hellen, un pintor venido de Francia. Respondiendo a la latitud de Manhattan, la composición representa la vista de un cielo mediterráneo en invierno. Retrospectivamente, uno no puede sino asombrarse de la inocencia que suponía iluminar desde dentro las sesenta estellas más grandes de este firmamento y ajustar su luminosidad respectiva para simular la magnitud de su brillo en el espacio»

«En Manhattan, al pie de un rascacielos de una imparcialidad mineral, poco menos que tomé la decisión de una coexistencia pacífica (indiferencia o relativismo, como se quiera) entre una reverencia sabia y atenta al arte antiguo y moderno de importación, y un arrebato bursátil por los artefactos, euforizantes o siniestros del Arte Contemporáneo autóctono o extranjero, pero más o menos calcado del autóctono»

Antonio Pizza y Maurici Pla, Chicago - Nueva York (2012)
«Resulta significativo que el primer diseño del Comissioners' Plan hace llegar las calles transversales hasta el borde mismo del agua, representando de ese modo una infinitud que en realidad no era factible. A partir del establecimiento impositivo de las dos versiones del Dripps, los promotores de Manhattan empiezan ya a contemplar la posibilidad de un crecimiento ilimitado en altura, un crecimiento que el propio "sueño de nueva york" consideraba virtualmente infinito»

Además de estas lecturas, me ha acompañado también la útil Guía de viaje para un arquitecto: Ruta Chicago - Nueva York —realizada recientemente por profesores de la Universidad Nebrija— facilitando al momento apuntes gráficos y textuales de los referentes arquitectónicos más notables.

Imagen: Grand Central Station (New York City Municipal Archives)

Silencios


Hace un tiempo, en otro lugar, se decía que hacer aflorar las huellas de uno de los creadores más notables del siglo pasado, no era una tarea fácil. Y que Jesús de la Sota, dibujante, pintor, fotógrafo, diseñador de objetos y de ambientes, parece que siempre quiso pasar desapercibido, no llamar la atención, en definitiva, difuminarse entre sus contemporáneos. 

Hoy, cincuenta años después de la única muestra individual que realizó en vida, se inaugura la exposición Silencios y ritmos. Pinturas de Jesús de la Sota (1955-1961) en la galería José de la Mano, un merecido homenaje al trabajo constante e incansable de un autor que siempre se mantuvo en un discreto segundo plano. Desde allí no se obligó a encontrar soluciones espectaculares ni extraordinarias y, sin embargo, su obra demuestra una continua audacia y una modernidad todavía vigente.

En el catálogo de la muestra, Alina Navas afirma que Jesús fue siempre un pensador de espacios, un architetto mancato. Tanto en su colaboración con diversos arquitectos como en su propia obra fue capaz de demostrar que para hacer auténtica arquitectura moderna no era necesario poseer un título. Se puede construir con silencios.

Imagen: Pájaros de Jesús de la Sota (1957)

Orfandad

I. DÍAZ PARDO, Muller que se propón facer o que di Confucio, (2004)

Ultimamente nos dejan muchos, y de los buenos: Joaquín, José Antonio, Gerardo... y hoy Isaac.

Aunque nunca llegamos a conversar, la noticia de su fallecimiento llega estudiando su trabajo, revisando su único y gran proyecto —como los medios se han apurado en recordar— que siempre fue Galicia. Al dejarnos una persona como Isaac, otras palabras sobran. Basta sólo con citar algunas de las suyas:

Nunca fui persona violenta. Tampoco conformista. Había que combinar prudentemente la dignidad y el compromiso con los ideales.

Entrevista en El Correo Gallego, 10.12.2011 

Pero a mí no me gusta hablar de estas cosas; hay que recordarlas, pero no pueden interrumpir el futuro. Es necesario recuperar la memoria, porque lo que se hace sin memoria constituye un mundo falso. Pero eso no quiere decir que deba haber una revancha. ¡Se recupera la memoria para que todo quede en su sitio!

Entrevista en El País, 27.11.2006 

Sabemos más del neolítico gallego que de la historia que tenemos a la vuelta de cuarenta años.

Introducción a la serie «Documentos para la historia contemporánea de Galicia» de Ediciós do Castro.

Cuando, a finales de los sesenta, la arquitectura moderna perdió a sus grandes maestros, Alejandro de la Sota escribió un artículo que tituló «La grande y honrosa orfandad» y que terminaba diciendo:

No fue de su época y es de quienes ahora trabajen en serio el profundizar en la terrible diversificación de esfuerzos pequeños y mezquinos con resultados tan grandes en mezquindad y pequeñez; con la paz de los maestros que se fueron y que tuvieron, pensemos en ello, sabiéndonos honrosos huérfanos llenos de posibilidades con su recuerdo; como antes ellos, hoy los que sigan y con nuestras «crisis».

Alejandro de la Sota: «La grande y honrosa orfandad». Arquitectura 129, septiembre de 1969

En una de las últimas entrevistas que concedió Isaac, a la pregunta de cómo contemplaba el pasado, respondió: 

Ya no tengo tiempo para mirar hacia nada de aquello... Tengo tantas cosas encima de la mesa y tanto que mirar del presente…

Entrevista en El Correo Gallego, 10.12.2011 

Aún huérfanos, seguiremos recordando.

Mi pieza favorita


Ayer, La Voz de Galicia, en su sección sobre diseño Mi pieza favorita, publicó el artículo «El reloj de pulsera de Max Bill», dónde cuento la historia resumida que me une a esa pequeña obra de arte:

Hace varios años que mi pieza favorita me acompaña a todas partes: Se trata de uno de los relojes de pulsera diseñados en 1961 por el arquitecto, pintor y escultor Max Bill (1908-1994) para la empresa alemana Junghans.

La colaboración entre Junghans y Bill —discípulo de la Bauhaus— empezó en los años cincuenta con el proyecto de un reloj de pared que desarrolló en colaboración con sus alumnos de la Escuela Superior de Diseño de Ulm (Alemania). La claridad y sencillez del resultado, dónde la tipografía se cuidó de un modo exhaustivo, le llevaría enseguida a plantear una versión de pulsera.

Desde la primera vez que lo tuve en mis manos —algo que debo agradecer a los hermanos Seijido Bello, expertos coleccionistas— me fascinó su elegancia y funcionalidad. Todos los valores de la buena arquitectura se concentran en esta ligera pieza de apenas 40 milímetros de diámetro, que aúna la precisión cronométrica y la constructiva. Junghans ofrece diferentes modelos con esfera blanca y negra. Opté por la de color negro, con mecanismo automático y una sobria correa de cuero que completa el diseño.

La versión de pared se expone en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Su autor afirmaba: «El diseño funcional considera el aspecto visual, es decir, la belleza de un objeto como un componente más de su función, pero sin superar nunca su función principal». Pocas veces una obra de arte resulta tan útil.

[Publicado en La Voz de Galicia, 20 de noviembre de 2011]