Estrellas


«¡Rápido! Encended las estrellas antes de que se fundan los plomos», escribió Aldo van Eyck en el año 1959, en pleno debate sobre los caminos que debería tomar la arquitectura moderna. Un momento difícil, complejo y, al mismo tiempo atractivo, dónde los protagonistas manifestaban a través de su obra, acompañada de escritos, bocetos y reflexiones, las dudas e ilusiones sobre el futuro, y sobre su capacidad colectiva de cambiarlo.

Después de un tiempo de trabajo toca cerrar los libros, devolverlos a estanterías y bibliotecas. Retomar las lecturas pendientes y las descubiertas. Entre ellas, una cercana, me recuerda el inicio del viaje hasta donde acaba la tierra, para comprender allí «que Galicia no es el fin de la tierra sino el centro del mar». Idea que refuerza aquella tesis de Cunqueiro que definía Galicia como  «una tierra que tiene la cabeza donde termina el mundo conocido y que tiene los pies en el río del Olvido. Realmente no puede haber país más extraño, no puede haber país que esté más lejos, y que desde más lejos venga a entrar de un modo u otro en la gran historia de la humanidad». 

Releyendo las páginas resulta relevante observar la presencia del mar en todo el trabajo. Y de una manera de navegar en su historia: entender el proceso desde el detalle, para liberarse de las visiones panorámicas previas y plantear un recorrido nuevo y razonado. Buscando que lo más cercano, lo más familiar, se convierta en lejano y distante —en universal— y lo remotamente lejano se vuelva próximo y accesible —en concreto—. Ir descubriendo esas estrellas que se fueron encendiendo, cuya luz, siendo remota, está tan próxima a la que ansiaba van Eyck.

Imagen: Julian Opie, Distant Music Water Traffic (2000)
 

Dónde

 

A lo largo de esta semana han coincidido la finalización del curso de Introducción a la Arquitectura, el inicio de una etapa de trabajo de investigación —que me alejará de aquí unas semanas— y una nueva participación en el Master de Arquitectura del Paisaje de la Fundación Juana de Vega, dentro de la asignatura Paisaje Cultural.

Unos meses antes, preparando la página de esa asignatura opté, en esta edición, por presentarla con una fotografía de Robert Adams, perteneciente a la serie «Escuchando al río», con la sorpresa de encontrarme, poco antes del comienzo de las clases, con la inauguración de la exposición del mismo autor en el Museo Reina Sofía, titulada convenientemente El lugar donde vivimos.

A través de su mirada sobre los lugares vividos del oeste americano, nos descubre auténticos paisajes culturales de nuestro tiempo, dónde el ambiente cotidiano —el supermercado, el quiosco, la gasolinera...— convive con duras transformaciones sobre la naturaleza y el territorio. Paisajes analizados de modo magistral por el filósofo —contemporáneo  de Adams— Edward S. Casey:

Aunque retiremos añadidos culturales o lingüísticos, nunca encontraremos, debajo, un lugar puro y aún menos un Espacio o Tiempo puro. Lo que encontraremos son calificaciones continuas y cambiantes sobre los lugares particulares: lugares calificados por sus propios contenidos y calificados por las distintas maneras en que estos contenidos son articulados (indicados, descritos, discutidos, narrados, etc...) en una cultura determinada.

Descifrar y analizar la huella de esa cultura en nuestros paisajes autóctonos, sobre todo en aquellos que se han convertido en lugares de oportunidad, como sucede con los paisajes industriales en desuso, se convierte en una actividad atractiva y necesaria para hacer de esos paisajes patrimonio y proyectarlos hacia el futuro. Así lo hace Adams con su cámara y así lo hacen otras interesantes miradas próximas sobre nuestro territorio, desvelando con maestría su identidad y su memoria.

El catálogo de la exposición lleva el sugerente título de ¿En qué creer y dónde?. Siguiendo la clave proporcionada por el poeta Theodore Roethke: «Veo lo que creo», Adams se pregunta: «¿Qué es lo que nuestra geografía nos lleva a creer? ¿En qué nos permite creer?» y, sobre todo, «¿Qué obligaciones, si las hay, se derivan de nuestras creencias?». Para responderlas se hace necesario, como punto de partida, descubrir y recorrer ese «dónde». 

Imagen: Robert Adams, Pikes Peak, Colorado Springs, Colorado (1969)

Conexiones


Cuando relata la contemplación de las estatuas de Federico Guillermo III y la reina Luisa en el Tiergarten berlinés durante su infancia, Walter Benjamin afirma: «Yo no me dirigía a los monarcas, sino a sus pedestales, dado que las cosas que ahí sucedían se encontraban más cerca en el espacio, aunque su conexión fuera imprecisa». En otro texto reitera la idea de observación certera y próxima en contraste con una mirada distante y general

¿Habéis oído mencionar alguna vez la Exposición Universal de París, de la que se habló en toda Europa en el año 1900? En todas las postales que se hicieron por aquel entonces con motivo de la Exposición se veía, al fondo de la ciudad de París, una gran noria mecánica con dieciséis cabinas con bisagras móviles. Esta noria giraba lentamente, la gente iba situada en las cabinas y contemplaba a sus pies la ciudad, el Sena y la Exposición hasta que se mareaban debido al doble movimiento, la oscilación de las cabinas en las bisagras y el giro de la gran noria. 

Escoger un objeto inmediato y profundizar en su análisis ofrece una serie de ventajas al observador: Le permiten desarrollar un modo de estudio, concentrar las experiencias, aprovechar mejor los recursos y las herramientas. Michel Foucault, en su libro Las palabras y las cosas —que comienza con el múltiple juego de miradas ofrecido por Las Meninasse detiene en las fracturas y las discontinuidades como método para una arqueología del saber visual. Son los vacíos, los intersticios, los que permiten establecer diálogos y discursos:

Quizá porque entre sus surcos nació la sospecha de que hay un desorden peor que el de lo incongruente y el acercamiento de lo que no se conviene; sería el desorden que hace centellear los fragmentos de un gran número de posibles órdenes en la dimensión, sin ley ni geometría, de lo heteróclito; y es necesario entender este término lo más cerca de su etimología: las cosas están ahí «acostadas», «puestas», «dispuestas» en sitios a tal punto diferentes que es imposible encontrarles un lugar de acogimiento, definir más allá de unas y de otras un lugar común.

Foucault propone trasladar el conocimiento al soporte inmediato, al «pedestal». No sólo serán los objetos aislados, sino las múltiples y variadas conexiones que se establezcan entre ellos, las que permitan dar el salto de lo local a lo universal. Conexiones, enlaces e hipervínculos que nos permitan construir y alcanzar el conocimiento.

Que el año que comienza nos ofrezca nuevos encuentros.

Imagen: Pedestal de la estatua de Federico Guillermo III en Berlín (Flickr)

Alés


La próxima semana, el Grupo de Investigación en Historia de la Arquitectura de la Universidade da Coruña, —del que formo parte— organiza las jornadas Modernidad y Contemporaneidad en la Escuela de Arquitectura de A Coruña. Con ellas se presentará el libro Modernidad y contemporaneidad en la arquitectura de Galicia, que reúne un conjunto de trabajos recientes elaborados por los miembros del grupo.

Mi aportación en el libro recoge parte de la investigación de Tesis Doctoral, centrada aquí en la figura de Antonio Alés Reinlein, uno de los arquitectos más desconocidos de la modernidad gallega quien, en solitario o en colaboración con otros profesionales, participó de manera decisiva, y desde diferentes frentes, en la reincorporación de Galicia a la modernidad interrumpida por la Guerra Civil:

El proceso de modernización del territorio rural gallego, entre 1954 y 1973, —con el antecedente del Congreso Regional Agrícola de 1944— tuvo una relación directa con la recuperación de los principios modernos en arquitectura. Dentro de este proceso destaca la personalidad de Antonio Alés Reinlein, en su dualidad de arquitecto y político, con importantes aportaciones teóricas y obra construida. Su trabajo se convierte en una investigación constante sobre las posibilidades modernas del territorio rural, en la que contará con la colaboración de Alejandro de la Sota.

Para realizar este trabajo tuve la oportunidad de entrevistar a antiguos colaboradores, tanto de Alés Reinlein como de Alejandro de la Sota. Gracias a las conversaciones con Javier Suances y Manuel Gallego he podido conocer de primera mano las circunstancias de cada proyecto. El apoyo de la Delegación de Ourense del Colegio Oficial de Arquitectos de Galicia y de la Biblioteca de la Diputación Provincial de Ourense —institución a la cual Alés estuvo vinculado gran parte de su vida— ha sido fundamental, así como el de Silvia Blanco y Alejandra Saavedra, que han ayudado en la siempre difícil tarea de acceso y recopilación de información. 

A todos ellos quiero extender, desde aquí, mi agradecimiento por la contribución en un esfuerzo de revisión y puesta en valor de obras y autores cuyo oficio ayudó a dar forma —aunque muchas veces los intentos quedaran sobre el papel— a algunas de las mejores arquitecturas de su tiempo.

Imagen: Panteón de Alés Reinlein. Fotografía de A. Saavedra.



Maquetas


A Hugo y Alberto, compañeros de oficio a todas las escalas.

La inauguración en la Fundación Barrié de A Coruña de la muestra Compañeros de Oficio, comisariada por Pedro de Llano, permite hacer un recorrido por algunas de las obras maestras de la arquitectura del siglo pasado. Un viaje que se articula a través de textos, fotografías, planos y un conjunto de maquetas que posibilitan superar la percepción bidimensional y comprender mejor la espacialidad de los casos escogidos.

Se trata de maquetas con un claro componente analítico, que se alejan de la visión y los acabados realistas para aportar un conocimiento mayor de las intenciones y cualidades del proyecto. Constituyen el ejemplo perfecto de la maqueta como herramienta de indagación, búsqueda y análisis, y manifiestan su capacidad, no sólo de representación, si no de construcción virtual del proyecto, papel que han tenido históricamente y que se ha ido perdiendo en los últimos años debido a la popularización de los modelos virtuales generados por ordenador. 

El diseñador finlandés Tapio Wirkkala subrayaba la importancia de esta herramienta dentro de su proceso creativo: «La producción de la maqueta es un aspecto esencial en mi trabajo y la hago a partir de un material macizo. No hago solo una, sino varias maquetas que puedo comparar para, más tarde, seleccionar una y continuar trabajando en ella. De esta manera la idea se vuelve más clara y los errores más visibles». 

Quien visite la exposición se dará cuenta del valor de la maqueta como experiencia extensible a los sentidos más allá de la vista. Incluso en la era de las imágenes múltiples y onmipresentes, las maquetas son una ayuda incomparable en el proceso proyectual del arquitecto o del diseñador, como recuerda Juhani Pallasma en su ensayo La mano que piensa: «La maqueta tridimensional habla a la mano y al cuerpo de un modo tan potente como al ojo, y su propio proceso de construcción simula el proceso de construcción real».

Auténtica arquitectura a escala, la maqueta física no sólo debe enfrentarse al evidente problema del material y de la estructura, si no que debe atender a temas tan reales como costes, mantenimiento o vida útil, demostrando la vigencia de la triple componente vitruviana: solidez, utilidad y belleza, aún en dimensiones reducidas.

Por eso fue utilizada como herramienta fundamental de proyecto desde la antigüedad y, por eso, arquitectos contemporáneos como Álvaro Siza, Kazuyo Sejima o Peter Zumthor —todos presentes en la exposición— demuestran todavía su validez como ensayo e indagación. Una búsqueda también presente en las maquetas que analizan su trabajo y lo muestran de un modo sensible y atento, constituyendo, en sí mismas, un interesante proyecto y un riguroso oficio.

Imagen: Mies van der Rohe estudia la maqueta de las fuentes del Seagram (Fotografía de Frank Scherschel)

Bajo un manto azul cerúleo


Hoy se ha publicado en el blog de arquitectura Veredes el artículo «Hemisferio», la primera colaboración para este interesante lugar virtual de información y encuentro. Para mí, esta serie de colaboraciones, paralelas a un curso académico, resulta una experiencia magnífica porque conlleva, por un lado, mantener una dinámica a la hora de escribir —con lo que supone en cuanto a reto y a constancia— y, al mismo tiempo, generar una secuencia de textos enlazados cuya relación permanezca inicialmente velada, a la espera de ser descubierta... como tantas historias aisladas que, una vez reunidas, cuentan otra nueva.

«Hemisferio» relata un breve viaje en dos direcciones... hacia la arquitectura y hacia la historia, para después confluir en un sólo camino, como sucede también en varios de los textos que componen este blog. Agradezco a Veredes todo el esfuerzo realizado en avivar el conocimiento y su difusión en todo lo relacionado con la arquitectura y, sobre todo, descubrir y compartir proyectos, apuntes, reflexiones personales... que, de otra manera, permanecerían ocultos.

Imagen: Paul Cesar Helleu, Detalle del retrato de una joven (1920)